Cuando un cirujano extrae un tumor cerebral, una de las fases más críticas es el análisis anatomopatológico de la pieza para determinar si se trata de una lesión maligna o benigna. La adecuada custodia de esta muestra es vital para el diagnóstico y la planificación de los tratamientos posteriores. En esta historia, sin embargo, la muestra se extravió por completo: nadie supo qué pasó con el tejido tras la cirugía.
El paciente y su familia quedaron sin respuestas claras y sin la oportunidad de iniciar un posible tratamiento oncológico específico. Para las autoridades médicas y legales, esto representa una negligencia en la cadena de custodia: no se siguieron los protocolos de entrega y registro de las muestras, privando al paciente de un diagnóstico preciso. Lamentablemente, la imposibilidad de confirmar el tipo de tumor desembocó en una atención médica limitada y en un sufrimiento adicional para el afectado.
¿Por qué se considera esto negligencia médica?
La pérdida de un material biológico tan relevante equivale a un incumplimiento de los deberes de cuidado y control.
El paciente no pudo acceder al tratamiento oncológico que quizá necesitaba, lo que pudo agravar su estado de salud.
Las familias que vivan una situación así tienen derecho a reclamar, argumentando que se les privó de un diagnóstico
esencial y de la oportunidad de prolongar o mejorar la calidad de vida del paciente.